En su diario de vida del 11 de septiembre de 1973, el general Carlos Prats se preguntaba: “¿Por qué los demócratas sinceros del gobierno y de la oposición no fueron capaces de divisar el abismo al que se precipitaba el país?”. Era una pregunta dramática de una de las figuras políticas más importantes de la crisis de la democracia chilena, que fue comandante en Jefe del Ejército después del asesinato del general René Schneider en 1970 y luego asumió como ministro del Presidente Salvador Allende, marcando un cambio radical en la lógica de los gobiernos civiles y la no deliberación militar.El tema no tiene respuesta unívoca, pero sí resulta claro que en los meses previos al “11” hubo numerosos comentarios sobre la inminencia de una resolución armada del conflicto institucional. Algunos llamaban -entre ellos el propio Allende- a evitar la guerra civil, mientras otros se preparaban para ella; los rumores sobre un golpe militar se volvieron casi diarios y tuvieron un ensayo frustrado el 29 de junio de ese mismo año, con el llamado Tanquetazo. A fines de agosto, el ex candidato presidencial demócrata cristiano Radomiro Tomic le escribía al propio Prats unas palabras premonitorias: “Como en las tragedias del teatro griego clásico todos saben lo que va a ocurrir, todos desean que no ocurra, pero cada cual hace precisamente lo necesario para que suceda la desgracia que pretende evitar”. No era el único que pensaba así, en una democracia que se había ido quedando con pocos amigos, destruida en sus fundamentos y en los hechos, que no veía solución al conflicto político.Estudiar las circunstancias que rodean al 11 de septiembre es una necesidad, como lo es conocer e intentar comprender la guerra civil de 1891. Esto podría tener no sólo un valor histórico, sino también de formación cívica. En ambos casos hubo polarización y odio político, olvido o fracaso de las soluciones políticas, irrupción del factor militar en el gobierno y llamados a la fuerza armada para resolver el problema. Ambos conflictos ponen en evidencia el drama de las divisiones nacionales más profundas, donde la patria de los vencedores es la misma de los vencidos, con dolorosas secuelas que se proyectan en el tiempo.