hay poetas que recordamos hoy, mucho más que por sus obras, por los rasgos marcados de sus biografías. Es el caso de Claudio de Alas. Su vida y su muerte, aun a años luz de distancia, nos  provocan una innegable inquietud. Colombiano, irónico, altisonante y mitómano, Claudio de Alas fue lo que se llama un poeta maldito. Datos de su enigmático paso por Santiago se encuentran en páginas de Edwards Bello y de Santiván –que fueron sus amigos-, y en las de Daniel de la Vega.De Alas fue un personaje capitalino de la época del Centenario. Era inconfundible: medio mulato, alto, vestido con el atuendo prescrito para un poeta noctámbulo y buhardillero. Tenía una fijación un tanto teatral y superficial con la muerte. Se movía mucho por el cementerio, en cuyas puertas compraba naranjas que según él estaban abonadas con tierra de muerto. En la fosa común, con gestos de actor, tomó alguna vez la calavera de un desconocido para depositarle sobre la calva un beso hamletiano.Vivía en lo que es hoy la calle Santa Lucía de Santiago, en una pieza arrendada al fondo de un caserón colonial. Sobre la puerta había dispuesto una calavera con dos tibias cruzadas, un número 13 y la siguiente leyenda: “Esta es la vivienda de Claudio de Alas. Si eres amigo, entra sin golpear. Si eres cobrador usurero, huye; la muerte te aguarda detrás de la puerta”.El poeta vivía de los préstamos, de las colaboraciones periodísticas y quizás de alguna remesa enviada esporádicamente desde su país natal. Era tal su mala fama que en los diarios, paradójicamente, sus artículos se los pagaban mejor a condición de que no los firmara.     Años después, el poeta anunció que se iba a Buenos Aires. Sus habituales le perdieron la pista durante un tiempo, pero un día supieron que se había suicidado, presumiblemente por amor: primero mató a su perro y luego se descargó un tiro en la sien. El comentario de una de sus amigas chilenas bien pudo haber sido su epitafio: “Hasta para morirse hizo perro muerto”.

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