En política suelen darse las situaciones y los hechos más asombrosos e imprevisibles.

Hasta el advenimiento de nuestro último régimen militar (en 1973) era bastante simple predecir el comportamiento de las personas, sobre la base de su adhesión partidista. Se nos dice que estábamos en una época de ferviente contraposición doctrinaria e ideológica. Así era, la Guerra Fría enfrentaba a la URSS (referente de izquierda) con la USA y la Europa Occidental (referente de derecha), como potencias que se dividían el mundo, enfrentándose a fin de proteger sus respectivos ámbitos de influencia, a la vez que con el objetivo de que el antagonista no pudiera penetrar en el territorio considerado propio. Con la misma finalidad, se controlaba incluso con violencia aberrante cualquier levantamiento que, al interior de algunos de los países considerados bajo su “tutela”, pudiera coquetear con el bloque opuesto. Esto llevó a cruentas represiones, tanto en la órbita soviética como en la órbita capitalista.

La izquierda, sobre la base de los planteamientos de Carlos Marx, procuraba la defensa del pueblo proletario ante la explotación burguesa, ejercida por parte de los propietarios de las empresas. El propio Marx había sentenciado: “Proletarios del mundo, uníos”, dándose lugar al internacionalismo socialista-comunista que se expandiría (apátrida) buscando afianzarse en todo el orbe.

La derecha, exaltando los principios de la libertad y la propiedad privada de los medios de producción, procuraba la defensa del sistema democrático representativo y de la identidad nacional, rechazando la dictadura del proletariado que buscaba expandirse por el mundo, utilizando para dicho efecto (incluso) la lucha armada.  

Cabe mencionar que el socialismo nacionalista (en oposición al marxista) derivó en nacionalsocialismo y en fascismo, entre otros. Cuento aparte (también nacionalista) fue el socialismo que se impuso en China (agrícola, más que proletario, con Mao.

La confrontación era fundamentalmente valórica e incluso de carácter religiosa. La izquierda se proclamaba atea y el propio Marx calificaba a la religión con “el opio del pueblo”. Por su parte, el papado calificaba al marxismo como “intrínsecamente perverso”, por su carácter materialista y ateo, así como por promover la lucha de clases.    

Desde la Iglesia Católica, a partir de algunas encíclicas papales, se empezó a configurar la llamada “doctrina social de la Iglesia”, que, en síntesis, pretendía atender a las necesidades de los pobres del mundo, sobre la base de acabar con la vergonzosa explotación de los trabajadores, salvaguardando la institucionalidad democrática, la propiedad privada y el derecho a la espiritualidad religiosa.

Basándose en dichas propuestas, surgieron los partidos demócratas cristianos del mundo que, según las condiciones propias de cada país, presentaban propuestas de cambio “izquierdizantes” o “derechizantes”, en el decir de sus críticos instalados en cada uno de los polos del espectro político. Asumían, entonces, los riesgos propios de la ubicación en el centro, considerándose (desde sus opositores) como un “puente” que puede transitarse en cualquier sentido, siendo un camino hacia la extrema izquierda (para la derecha) o hacia la extrema derecha (para la izquierda).

No faltaron, desde luego, los intentos de la derecha y de la izquierda por conquistar los votos del centro que se inclinaba por la Democracia Cristiana. Así, por ejemplo, con la infiltración de la Iglesia Católica, se intentó imponer la doctrina de la llamada “Teología de la liberación”, en un esfuerzo para convencer a los católicos de que el Mensaje de Cristo coincidía con el propio de los partidos socialistas y comunistas. Por otro lado, al interior del catolicismo buscaban imponerse planteamientos propios de la derecha tradicional, con movimientos como Fiducia, el Opus Dei y otros.

De regreso al régimen democrático de gobierno (1990), muchos (tanto en la izquierda como en la derecha) aludieron a la “superación de las ideologías”, a que, de ahora en adelante, la gente votaría por “la persona” del candidato, más que por su ideología, que lo importante eran las propuestas, etc. A ello contribuyó, entre varios otros factores, el hecho de que los partidos de la izquierda tradicional (socialista y comunista) ya no hacían referencia a la “lucha de clases” ni a la “lucha armada”, como otrora, así como a que incluso estaban dispuestos a respetar la Constitución Política y el régimen económico heredado por los militares. Por otro lado, contribuyó el hecho que, en el globo, se derrumbaba la URSS, el centralismo económico, las dictaduras de todo tipo y se concordaba en un modelo económico de tinte neoliberal. Incluso hay gente de izquierda que se inscribió en los partidos de derecha y viceversa.

Ello permitió que la Concertación de Partidos por la Democracia se constituyera con movimientos que tenían una base doctrinaria e ideológica muy distinta, pero que estaba viéndose atenuada en sus diferencias, a la vez que se diluía al tener que enfrentar un desafío común de importancia mayúscula: el regreso a la democracia, al respeto a los derechos humanos, a acceder al gobierno y a cargos parlamentarios, etc.

Transcurridos casi 30 años de “pragmatismo político”, en el que, tanto desde la derecha, como desde la izquierda y el centro, se produce una suerte de obsesión por acceder y por mantenerse en el poder a cualquier costo, se descubre (como consecuencia de lo mismo) un sinnúmero de inimaginables actos de corrupción propios de la máxima maquiavélica que sostiene que, en política, “el fin justifica los medios”, llevada al extremo, con el consiguiente desprestigio de los políticos y de su quehacer, así como con inevitable el descrédito de las instituciones.

Al parecer como producto de esto, se empieza, aunque tímidamente, a esbozar un intento (remordimiento de conciencia, dirán algunos) de retornar a las bases doctrinarias de la acción política. Ello comenzó notándose de modo muy claro en la división que existe entre los partidos de la derecha y se empieza a hacer evidente en la agrupación de gobierno que incluso ha llegado a contar con el Partido Comunista. En ésta, por ejemplo, dicho partido político aparece pretendiendo “reisquierdizarse”, lo que, como es obvio, ha llevado a que la Democracia Cristiana intente “recristianizarse”.

Se trata de un proceso deberá llevar, como ya está llevando, a que los partidos políticos inicien una profunda reflexión respecto de la siguiente pregunta radical: ¿Por cuántos votos estamos dispuestos a abandonar nuestros principios? Frei Montalva, dijo en la elección de 1964 “Ni por un millón de votos, cambiaré una coma de mi programa”. ¿Soberbia o consecuencia? Se le interpretó de las dos formas.

Me parece que esto es lo que, en cierto modo, se jugó hoy en la junta del Partido Demócrata Cristiano, cuyo resultado se acaba de conocer.  

Ir a primarias significaba perder (porque todos los demás partidos de la coalición votarían por Gullier), pero ganando el rescatar ciertos principios doctrinarios que se está diluyendo, aunque (si los demás paridos no aceptan una lista parlamentaria única, como amenazaron con hacerlo) ello le signifique perder cargos en el parlamento. Está por verse si la Nueva Mayoría obliga a la DC a llevar una lista parlamentaria separada de ella.  

Por el contrario, aceptar las primarias significaba aceptar a Guiller como candidato definitivo de la coalición, cediendo en sus principios respecto de medidas en la que éste concuerda más con el Partido Comunista que con la Democracia Cristiana.

Por otro lado, apoyar a Gullier significa la paradoja de que un partido de base católica (aunque se declara no confesional) tenga como abanderado a un representante de la masonería. Algo similar le pasará al Partido Comunista, si termina apoyando a un representante del Partido Radical que lo proscribió y persiguió en tiempos de González Videla. Sería como si en 70 años más, el PC apoyara al candidato de un partido pinochetista.

El Partido Demócrata Cristiano decidió presentar una candidatura propia a las próximas elecciones presidenciales. Optó por el quiebre del conglomerado de gobierno y por perder votos, prefiriendo optar a favor de sus principios doctrinarios.

Tal vez se ponga de moda la siguiente disyuntiva: o mis creencias o los votos.