Desde la movilización de los “pingüinos” hace diez años, los establecimientos municipales han perdido 400 mil alumnos. Las frías cifras señalan que en el 2006 había 1.698.639 personas en el sistema estatal, mientras que al 2015 sólo hay 1.290.770. Como contrapartida los sectores particular subvencionado y particular pagado subieron su matrícula, en cerca de 300 mil estudiantes en el primer caso y en 30 mil en el segundo.
Hay consenso en la necesidad de que Chile tenga una educación de calidad en todos los sectores, y que la enseñanza estatal debe cumplir estándares altos, que faciliten el aprendizaje y abran oportunidades a sus estudiantes. Lamentablemente, esto no ha ocurrido, a lo que se suma un factor social, pues las continuas tomas y paros en la enseñanza municipal -como se ha podido apreciar en estos días- ha llevado a muchos padres a buscar otras opciones para sus hijos.
Uno de los líderes del movimiento pingüino de 2006 ha escrito Educación: una transformación pendiente. Pingüinos, patines y gratuidad (Santiago, LyD, 2016), un libro que tuve posibilidad de revisar en su etapa embrionaria y que esta semana se presentó en La Serena, con participación del diputado Sergio Gahona. La obra de Julio Isamit observa, con preocupación, que la demanda por una educación estatal de calidad sigue sin una solución adecuada, y que el gobierno de la Nueva Mayoría se ha concentrado más bien en una agenda ideológica anti privados, como muestran las leyes que rechazaban el lucro, el copago y la selección, sin que mejore la enseñanza estatal.
¿Dónde está el problema principal de la educación en Chile? La respuesta parece obvia a la luz de los resultados: en la sala de clases. La clave del progreso no está en limitar las alternativas educacionales o los derechos de los padres, sino en mejorar las condiciones de trabajo de los profesores: sueldos buenos, menos alumnos en la sala, más horas de libre disposición para el perfeccionamiento y la preparación de clases. Como contrapartida, los docentes deben tener calidad, ser evaluados y mostrar resultados. Esto porque el fin de la educación es la formación de personas y que los niños aprendan. Para ellos resulta urgente volver a poner la educación, y no la ideología, en el centro de la discusión pública.