Desde hace tiempo, las universidades se vienen preocupando excesivamente de la información en desmedro de la formación de sus alumnos, al punto de que se han transformado en instituciones que simplemente expenden, a muy alto precio, títulos que acreditan capacitación (incluso de dudoso nivel de calidad) para el ejercicio laboral en ámbitos determinados de la producción y de los servicios.

Las Casas de Estudios Superiores dejaron de ser los auténticos “Templos del Saber”, comprometidos con la búsqueda de la Verdad (con mayúscula), a partir de la superación de los prejuicios y de los fanatismos sesgados, para que sea posible un dialogo fecundo entre las distintas visiones (complementarias e incluso opuestas), que permita la construcción de un patrimonio cultural que se evidencie como producto del mayor esfuerzo humano por comprender la realidad propia y circundante, a la vez que por expandir las posibilidades de plena realización en todos los ámbitos imaginables.  

También se ha perdido el carácter aristocrático (en el sentido etimológico e incluso democrático del término: meritorio o mejor) que se les atribuía a sus alumnos. Si bien ellos son sometidos en Chile a Pruebas de Selección Universitaria (PSU), su “apertura mental” suele ser muy estrecha, como pobre es su nivel de comprensión lectora, carecen de fundamentación conceptual en sus convicciones, tienden al fanatismo, al fetichismo y tienen temor al diálogo, lo que les induce a tener reacciones emocionales extremas y hasta violentas cuando, incluso con facilidad, trastabillan en sus pareceres, como consecuencia del argumento ajeno que los contradice.

Al interior de las aulas es común la tendencia a la copia deshonesta, con la finalidad de aprobar las asignaturas por cualquier medio, no importando si se ha logrado un nivel aceptable de aprendizaje. Más que interesarse por la búsqueda de la verdad y por la posesión de saberes que incrementen su cultura, a los alumnos les importa la adquisición de un título (gratuito, o al menor costo posible) para acceder al ejercicio laboral, aunque nunca se evidencien en dicho accionar condiciones o desempeños de excelencia ni teórica ni práctica.

Las recepciones que cada año se les hacen a los alumnos nuevos dan lugar a rituales de humillación y de violencia desquiciada que son propios de las tribus más supersticiosas, e incultas, que han existido en la historia del ser humano.

El cultivo de la mera racionalidad, sin orientación axiológica y orientada básicamente a la tecnología, ha dado lugar a la más burda de las religiones: la ciencia. No es raro que la mayoría de los académicos la consideren como la depositaria de la Verdad (con mayúscula) y que conformen verdaderas jerarquías eclesiásticas o masónicas, con sus diferentes grados y, desde luego, con referentes mayoritarios condenados a la absoluta obediencia a sus afirmaciones. Se trata, desde luego, de un absoluto sinsentido (¡de una contradicción aberrante!), ya que el verdadero investigador o científico no se considera un depositario de la verdad, sino que se ve, a sí mismo, como a un simple y humilde buscador de ella.  

En el ámbito de las humanidades, más que a la crítica y a la confrontación desapasionada de las filosofías, de las doctrinas y de las ideologías, se ha dado lugar al endiosamiento de ciertos personajes contestatarios (seleccionados sobre la base de intereses políticos antiacadémicos), lo que ha llevado a instituir verdaderas sectas con un prurito reduccionista, en función de planteamientos antojadizos carentes de rigor, lo que culmina en una reiteración de burdas oraciones en boca de los alumnos, absolutamente contradictorio con el ideario original de universidad.  

En dicho contexto y situación es comprensible, aunque no se justifica, la situación de violencia vivida por José Kast en la Universidad Arturo Prat de Iquique. Desde el punto de vista de lo que es la misión de una Universidad y del interés en confrontar ideas para avanzar en una mejor y más amplia comprensión de la realidad nacional, lo razonable era recibir al invitado de manera respetuosa, escuchar sus planteamientos y confrontarlos, en un debate desapasionado, en el intento de aproximarse al logro de acuerdos y, en la medida de lo posible, a la verdad.

Las mofas que están teniendo lugar, en las llamadas “redes sociales”, en relación con este asunto están dando cuenta de cuán desquiciado está nuestro pueblo, así como del nefasto grado de polarización y fanatismo que está teniendo lugar en Chile. Ojalá que ello no nos lleve a reeditar hechos que nos deberían avergonzar como país.

Por otro lado, las universidades deberían preocuparse de cultivar, a lo menos, el espíritu cívico de sus alumnos. De lo contrario acabarán siendo (casi) los oasis del lumpen.

No basta con el rechazo y la condena nominal a la violencia. Hay que hacer que prevalezca la paz y la concordia, sobre la base del respeto a las legítimas diferencias y privilegiando la escucha mutua y el diálogo fecundo. Resulta lamentable que la jerarquía universitaria tienda a tomar distancia de las situaciones mencionadas y que, a pesar de su descompromiso deplorable, pretenda seguir contando con los recursos de todos los chilenos para mantener un sistema maleado.