El término de la Guerra Fría que se consagró con la caída del Muro de Berlín trajo consigo una suerte de homogeneidad ideológica, sobre todo en lo que refiere al modelo económico y de desarrollo de los países, al que se adscribió incluso el mundo socialista que era el tradicional opositor al capitalismo.

Los procesos de mundialización (cultural) y de globalización (económica), promovidos por el desarrollo de la tecnología al servicio de las comunicaciones, a la vez que encauzado e incluso tutelado desde el Banco Mundial, a través del condicionamiento de su apoyo a los países pobres en proporción a la anuencia de estos a obedecer sus dictámenes o “sugerencias”, acabó dando lugar al imperio de las transnacionales incluso por sobre las decisiones propias de cada una de las naciones o de los países del orbe. 

Ya es consabido que la ideología económica neoliberal le asigna al mercado (exento de restricciones) un rol primario y decisorio en el desarrollo de los pueblos, sobre la base de la expresión de su ley fundamental: la de la oferta y la demanda. 

En el contexto propio de los mercados mundiales, teniendo en consideración que la mayor parte del globo vive en condiciones de pobreza, para conseguir posicionamientos de liderazgo en situaciones de máxima competición, resulta imprescindible reducir los costos de producción de los bienes y de los servicios al mínimo posible. Se trata de un imperativo que se consigue con el adecuado manejo de tres variables básicas: a) conseguir materias primas a un precio muy bajo; b) incorporar tecnología, a fin de atenuar la necesidad de contar con el factor de más alto impacto en los costos de producción (la mano de obra); c) contratar trabajadores al menor costo económico posible. 

Para las grandes empresas del mundo el manejo a su favor de la primera y la tercera variable resultó más o menos sencillo. Para el primero, bastaba con seleccionar a los países exportadores de materia prima barata para “favorecerlos” a través de su compra. Para el tercero, en cambio, había dos posibilidades: fomentar el ingreso de inmigrantes susceptibles de ser reclutados a muy bajo costo y/o reubicar sus instalaciones en países que les permitieran la contratación de mano de obra barata. Entre los últimos, China resultó ser el país favorito. Se prefirió esta segunda opción, dado que en los países desarrollados se generaron conductas xenófobas ente los inmigrantes que estaban dispuestos a trabajar por menos dinero que los nacionales. Sin embargo, el éxodo de las empresas significó la generación de cesantía y la reducción de los salarios de la mayoría de los trabajadores. Para el tercero, en cambio, debían seguir dependiendo de sí mismos.

En dicho contexto, en orden a atenuar el descontento de la población de los países ricos, con el apoyo del Fondo Monetario Internacional (entre otras organizaciones), se idearon los tratados de libre comercio que representaban, para ellos, tres ventajas fundamentales: a) obligar a los subdesarrollados a exportarles a precios muy bajos, lo que los condenaba (desde luego) al subempleo permanente; b) conseguir una expansión indefinida de las transnacionales, con la promesa de importaciones a muy bajo precio e incluso con la posibilidad de conseguir que se afincaran en sus territorios; c) disminuir el costo de la vida de sus habitantes con la finalidad de compensar la disminución de sus ingresos, a la vez que garantizando a los países desde los cuales importaban la apertura de mercados (antes vedados) en el gran mundo.

Hasta los países con gobiernos de la llamada “centro-izquierda” (como Chile) se comprometieron en dicha lógica. Basta recordar, por ejemplo, las discusiones que llevaron a nuestro gobierno a terminar suscribiendo el TTP, así como su empeño por generar nuevos tratados de libre comercio.

Sin embargo, la gran promesa neoliberal no se ha cumplido en ninguno de los dos mundos. En el desarrollado, continúan los robustos los índices de cesantía, los sueldos tienden a la baja, el Estado Benefactor otorga cada vez menos beneficios, etc. En el pobre, si bien se han incrementado los niveles de consumo como consecuencia de la reducción de su valor monetario, siguen altos los niveles de cesantía, los sueldos se estancan, las expectativas de desarrollo se ven cada vez más lejanas, etc.

La reacción que se está produciendo en los USA y en la vieja Europa, como consecuencia de esto, ya la estamos conociendo. Trump gana las elecciones con una propuesta fundamentalmente nacionalista y proteccionista. Algo similar ocurre en el Reino Unido que lo lleva, a través del Brexit, a alejarse de la Comunidad Económica Europea pese a los intentos de esta por mantenerlo cautivo. Por último, en las próximas elecciones de Francia es probable que triunfe Le Pen, con un discurso muy similar al de los anteriores.       

De allí, la pregunta del inicio: ¿el globo se desinfla?

Tanto la derecha como la izquierda nacional, unidas en la defensa de la globalización, defendiendo (en consecuencia) a las grandes empresas que manejan el mundo incluso por sobre los gobiernos de cada país, acusan de “populistas” las decisiones de los USA, de Inglaterra y (tal vez) de Francia. Ello, aunque ninguno especifica qué entiende exactamente por la significación de dicho término. Hay que dejar en claro que, en su acepción más tradicional, o primaria, por lo menos, “populista” es lo expresado por el (o lo que viene del) pueblo, es decir, sería lo democrático, en estricto rigor.  

Esto viene dando lugar a varias paradojas. Una de ellas es que, en distritos tradicionalmente socio-comunistas de Francia, el discurso de Le Pen ha ido logrando una adhesión admirable.

Por otro lado, viene a significar varios problemas para nosotros, en Chile.

Algunos de ellos son los siguientes: será casi imposible disminuir el desempleo a niveles óptimos; las expectativas salariales deberán rebajarse, por cuanto “la gracia” del modelo no consiste en garantizar sueldos altos, sino en conseguir productos a precios bajos para que incluso los pobres puedan acceder a ellos; será cada vez más difícil que el Estado asegure las garantías establecidas en nuestra Constitución Política de la República; resulta hasta ingenuo pensar que las pensiones de los jubilados de incrementarán de manera significativa, etc.