La Iglesia de la Compañía se encontraba ubicada donde hoy están los jardines del viejo Congreso Nacional, en el cruce de las calles Bandera y Compañía, en Santiago. El 8 de diciembre de 1863 se produjo un espantoso incendio en el que murieron dos mil personas, asfixiadas, aplastadas o calcinadas. La mayoría eran mujeres.El siniestro ocurrió en la tarde, entre las 7 y las 8. Culminaba el Mes de María y predicaba el cura Ugarte, famoso cultor de la oratoria sacra. Por tanto, el templo estaba abarrotado. Los pocos asientos disponibles eran ocupados por señores de consideración. Las mujeres, con sus pesados trajes de crinolina, se habían acomodado sobre alfombras. En el altar mayor ardían siete mil bujías a parafina, o “gas líquido”. Una de estas bujías -que ya había presentado problemas días antes- ardió más allá de todo control y las llamas se encaramaron rápidamente por los innumerables tules del altar. En cinco minutos el recinto se había transformado en una trampa infernal saturada de fuego y humo. En la puerta principal, los grupos de personas que pugnaban desesperadamente por salir se atoraban con los que intentaban entrar en busca de sus parientes.Los relatos de los testigos son terribles. Los gritos se escuchaban a dos cuadras; a un inglés, que logró entrar a la iglesia cuando las llamas llegaban al umbral, se le vio desaparecer bajo una lengua de fuego, “la cabeza hecha un volcán”.Los jóvenes y  ancianos abnegados que se esforzaban por rescatar a las mujeres atrampadas, velozmente eran tragados hacia el interior por la infeliz masa humana.Significativo es, por último, el caso de una niñita que, viéndose sin salida, se había refugiado dentro del confesionario. Contó después que la ensordecían los alaridos, el tronar de las llamas y la caída de la cúpula del campanario, pero que lo verdaderamente horroroso fue el silencio posterior.Ese silencio, según ella, era la muerte.  

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