Dicen que a comienzos de los 60, el pintor Mario Cisternas era uno de los pocos que se atrevían a andar por la calle con el pelo largo. Todos los días lo escupían por la espalda. Desde los andamios de las construcciones le llovían improperios que ponían en duda su virilidad.  Él se volvía  hacia sus agresores y les gritaba: “¡Sigan trabajando, esclavos!”. Esta situación se prolongó incluso más allá de los sacudones libertarios del hippismo. No hubo nada más uniforme, de hecho, que los años 70. Se sancionaban no sólo las excentricidades, sino también las simples infracciones a modas muchas veces deplorables. Los pantalones pata de elefante, por ejemplo, constituyeron para una generación una suerte de condena. No había posibilidad de no usarlos, por lo general con resultados lamentables. Es posible que les quedaran bien a hieráticas modelos, pero en el hombre común, al borde de la obesidad, hacían un cuadro ridículo.Un tiempo había que exigirlos “piel de durazno”. Por entonces, un sujeto que ostentara pantalones embudo y zapatos en punta era considerado un pobre ave. Eran días tristes en que los imberbes andaban por la calle con un long play de Cat Stevens bajo el brazo, un álbum azul cuyo título era Buda y la caja de chocolates. Se encontraban y se mostraban mutuamente los discos: “El tuyo es argentino, el mío es norteamericano, compadre”.Una señora decente con pantalones largos hubiera originado hace cuarenta años comentarios sarcásticos. La escultora Laura Rodig, sin ir más lejos, se hizo fama de chiflada por presentarse en público con alpargatas. Hoy los atuendos de la gente son  impredecibles. Individuos de edad avanzada se exhiben con shorts y unas como jaguayanas aerodinámicas, espantosas.Uno va al centro y sufre un ligero desconcierto ante la fauna variopinta y displicente. Ya casi no es posible encontrar al más solemne ejemplar de la uniformidad nacional, “el hombre gris”, cuya uniformidad era una convicción propia, a contrapelo de la moda. 

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