Un ribereño memorioso, andariego de dos mundos, recuerda paso cordillerano hurtadino para agradecer a la vida y al baqueano en el rescate. Cuando a lomo de jumento y paso a paso va madurando un niño no deseado y malquerido tal como era común en los pueblos chicos o rurales. Donde se desata el nudo de la indiferencia con el empeño del buscavidas. Cuando p`a  Chile me voy... 
Emilio Espinoza (73) es ribereño de Río Hurtado, valle vecino a Elqui, actualmente unido por la Ruta Antakari que pasa por la ermita de la Difunta Correa a medio camino desde Vicuña ha Hurtado. Apellidos Honores, Miranda,  Zárate y otros coligados a través de la historia regional. 
“A la edad de los siete años me acerqué a mi padre para decirle que quería estudiar,” Cuenta Espinoza,  y como respuesta sólo obtuve: “que eso no me serviría para nada; que mejor me dedicara a la crianza de cabras”. Ante tal negativa pensé de inmediato en juntar plata, comprar un burro y partir para la Argentina. 
Así, sin saber leer ni escribir, cruzó la cordillera andina al comienzo de la segunda mitad del siglo XX; en Iglesias, con sus alrededores, ocurren sus vivencias. Tal como aquella en que perdió al burro por el  “mal genio de un paisano”; el cambio de un reloj por una yegua que resultó ser buscada y, finalmente, el regreso a Chile, bien montado, y arreando 300 ovejas.
Para el patrón, el Paso hurtadino era tan conocido como la palma de su mano. Por eso, ante la tardanza, fue al encuentro de su juvenil arriero y allí estaba donde él intuía un nevazón. - ¡Claro, eso sí, más muerto que vivo! Palmazos en la cara y aguardiente resucitaron al congelado pastor. Los peñones de las ovejas sacrificadas (23) por ya no poder andar de muy poco,  servían. Preguntó: ¿dónde está el caballo? Y, éste era una escultura de hielo. Más tarde, década de 1960, pasa a Elqui: “saca los estudios” y trabaja duro para el bienestar familiar. ¡Vale!

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