Un saco postal, misterio de valijero, anima vigilias para aligerar la memoria en la lonja ribereña. Cuando el estafeta curioso miraba y remiraba a las niñas que daban la pasada al tren. Donde el timbrazo al sobre y el llamado a viva voz solían confundir ante el alcance de nombres y apellidos. Cartas marcadas… El saco de paño grueso y tamaño mediano no anduvo de mano en mano. Mañana y tarde era llevado y traído por el recordado valijero que cumplía funciones como tal en la única oficina de Correo y Telégrafo en la lonja. Así, el logotipo de la empresa conciliaba la brevedad y la extensión en los mensajes, “Van damascos” era posible traducirlo al morse con puntos y rayas. Por otra parte, la valija se inclinaba más a las relaciones amorosas. En efecto, cartas perfumadas trascendían desde el saco. Era la primera mitad del siglo XX con un pueblo de calle única, una estación ferroviaria, escuela. policlínico y un retén de carabineros. El equipajero y tres coches de pasajeros conformaron al tren por la orilla norte del Río Elqui desde comienzos del siglo pasado. El Estafeta no perdía miradas a las niñas en cada estación: “En Islón dejé un amor / por pasar a Las Rojas. / Tengo palabra en El Molle y  amarre en Almendral; / Gualliguica, Vicuña y Diaguitas… “piropos” y nada más. / Ya es noche en Rivadavia / viene la soledad”. Pero habíamos quedado con los timbrazos y confusiones en el llamado a viva voz: - ¡Carta para don José Gómez! Y nadie respondía, Sin embargo, los tres joseses se miraban unos a otros. Quedaron recuerdos de Hernán Torres, Glasfira Vial y otras funcionaria/os. Hoy, Diógenes Pinto –nieto del recordado don Máximo que figura en “Terraleando” y otras obras- es el nuevo propietario del  ex Correo. Asegura, en exclusiva, la mantención de la parte histórica y la ampliación con fines turísticos y de convivencia con la comunidad.  

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