El 18 de septiembre es una gran ocasión para celebrar a Chile, para brindar, recordar, bailar y cantar. Son las Fiestas Patrias y, por lo tanto, una especie de cumpleaños del país, de acuerdo a los criterios establecidos después de la Independencia nacional.

Sin embargo, además de conmemorar es necesario pensar en Chile y comprometerse con transformarlo en un país mejor, lo que no debe quedar en meras declaraciones, sino que debe manifestarse en la realidad social y cotidiana. ¿Qué puedo hacer yo por Chile?, es una pregunta que debería acompañarnos con frecuencia y que debería tener una respuesta en los hechos.

Un primer tema en el cual debemos avanzar como sociedad es en valorar adecuadamente las inmensas cualidades y bienes de nuestra nación: su gente, capaz de sobreponerse a muchas adversidades; su riqueza y belleza natural; sus éxitos económicos y sociales de las últimas décadas; aspectos valiosos de su desarrollo institucional, entre otros. El tema de fondo es recuperar un ambiente positivo, que deje de lado la cultura autoflagelante que se ha ido imponiendo, que supone que (casi) todo está mal y pretende refundar las bases del desarrollo.

Un segundo aspecto debe ser el compromiso personal por un Chile mejor. Esto debe manifestarse, con claridad, en un trabajo bien hecho, con sentido social y no meramente individual, que permita servir a través de nuestras propias profesiones y oficios. Además urge una cultura solidaria, que nos lleve a ayudar instituciones que sirven a los más necesitados o a quienes sufren, con nuestro tiempo y dinero. Por último, es necesario nuestro compromiso político, a través del voto, de la crítica, del apoyo a candidatos o partidos, mediante ideas y todo aquello que permite mostrar la vitalidad de la democracia y el aporte insustituible de la gente común y corriente.

Finalmente, no podría dejar de lado la importancia de conocer e intentar comprender la historia de Chile, con sus momentos de gloria y de desgracia, con sus héroes públicos o anónimos, ciertos sucesos puntuales. También para estudiar los quiebres institucionales, más para aprender que para juzgar. En definitiva, se trata de mirar a Chile a través del tiempo, recordando lo que enseñaba Jaime Eyzaguirre: que solo "en la fidelidad se cuaja la esperanza".