Crédito fotografía: 
Lautaro Carmona
La menor Gabriela González (13) fue atropellada mientras se encontraba en la vereda en el sector de La Florida (La Serena) por un camión cuyo conductor realizó una mala maniobra. El 3 de enero se cumplió un año exacto desde el trágico episodio. Su madre, Loreto Díaz, hoy viviendo en Coquimbo, relata lo complejo que ha sido sobrellevar el sufrimiento y que sólo su hijo más pequeño, Martín, logra apaciguar. Tanto ella como su abogado Kenneth Romero están decepcionados de la justicia, ya que, pese a que presentaron las querellas correspondientes hace varios meses, la fiscalía no ha formalizado ningún delito.

Fue el primer año sin Gabriela. El pasado 3 de enero, su madre Loreto Díaz no podía levantarse de la cama. Le pesaban los brazos de tanta tristeza y el llanto quería escapar desesperado de su boca. Se contenía, mientras miraba a su alrededor y el silencio de la mañana le repetía una y otra vez que su hija hace 365 días exactos que no estaba. En ese momento, más que nunca pensó que aquella vez, la muerte no sólo había alcanzado a Gabriela, sino que también sepultó, de alguna manera, su propio corazón. 

Allí, en el limbo de las emociones, se encontraba dando la pelea, una vez más, como siempre, pero con la mochila más pesada que de costumbre. Mil pensamientos, millones de ideas, un sinfín de recuerdos la invadieron, pero se levantó, tal como lo ha hecho durante todo este tiempo, y fue el pequeño Martín, de 7 años, quien le dio la fuerza para ponerse de pie y volver a empezar, así… Un día a la vez. 

La tragedia

Loreto nos recibió en su casa, en Coquimbo, para tratar de desahogar en parte su dolor, y relatar su experiencia a quien le pueda servir. Ha ido entendiendo de a poco que la muerte es un síntoma de que hubo vida, pero ha sido sumamente difícil, y todavía lo es. 

Desde aquel nefasto día nada ha sido lo mismo, y pese a que han intentado apaciguar la pena, tanto la madre como el resto de la familia saben que el dolor nunca se irá del todo. “Fue demasiado repentino”, relata Loreto, sentada frente al árbol navideño que armaron únicamente por Martín, ya que, según dice, si fuese por ella no habría celebrado. 

La tragedia ocurrió cuando vivían en un condominio en Villa La Florida, La Serena. Gabriela estaba en casa, y una amiga la fue a buscar para que la acompañara a pasear un perrito. Pidió permiso, y su madre le dijo que sí, que se cuidara y que procurara no irse tan lejos. La menor de 13 años le hizo caso. Pero ni eso evitó lo que el destino ya tenía resuelto y en el lugar menos esperado cuando, de hecho, ella se encontraba en la vereda, fue alcanzada por un camión que realizó una mala maniobra y la pasó a llevar justo en la intersección de Arauco con Las Parcelas, provocándole la muerte. 

Tan solo a unas cuadras, en su casa, un vecino corría para avisar lo que había sucedido y Loreto no podía creerlo. Habían pasado sólo 20 minutos desde que Gabriela había salido de su hogar, y no volvería nunca más. 

El dolor de los primeros meses

Quisieron olvidar. Pasaron sólo unos días y Loreto junto a su esposo y su pequeño hijo abandonaron la casa en la que vivían con Gabriela. Ya no podían seguir allí y se trasladaron al inmueble en el que hoy residen en la comuna puerto. 

No han vuelto si quiera a pasar por el lugar donde ocurrió fatídico episodio. “Hemos ido al valle, pero pasamos por otro lado, nos desviamos”, cuenta la madre. 

No puede evitar que sus ojos se llenen de lágrimas cuando recuerda cómo fueron los primeros días sin su hija. “Fue terrible, estuve con crisis de pánico, tuve que tomar un tratamiento psiquiátrico porque simplemente no podía vivir con tanto dolor”, relata. Su esposo estuvo algún tiempo sin trabajar para acompañarla, pero tuvo que retomar sus labores y ahí, en la soledad, pese a que era constantemente visitada por amigos y familiares, encontró el principal refugio en su hijo pequeño, de quien dice, les ha enseñado cómo sobrellevar el proceso.

“Él ha sido un ejemplo. Ha tenido que lidiar con mi sobreprotección, porque yo al principio no quería que fuera la escuela, no lo quería dejar salir a la calle, porque tenía miedo, estaba con el trauma. Lo llevamos a psicólogo, y estuvo en proceso de evaluación, pero no necesitó ningún tipo de terapia”, contó la madre. 

Para el pequeño, el proceso ha sido totalmente natural, y no hay día en que no recuerde a su hermana mayor, pero con alegría. A veces cosas cotidianas, en otras oportunidades anécdotas que les sacan una sonrisa a sus padres. Para el niño, desde el principio no hubo tabúes.

“A nosotros nos sorprendió su fuerza, su madurez en el fondo. Él sabe que la Gaby falleció, pero está pendiente de ella, de las cosas que hicieron juntos, de lo que le enseñó. Eso a veces a la gente le incomoda porque piensan que a nosotros nos va a incomodar también, pero es al contrario, gracias a la naturalidad de mi niño, es que su padre y yo también aprendimos a llevar el tema con naturalidad también, pese al dolor”, relata Loreto.  

Sueños que marcan

Hay días y días. Algunos tal como el 3 de enero, cuando se cumplió un año de la partida de Gabriela, en el que sentía que ya no podía más, y otros en los que despierta con fuerzas. “Ella a veces me da esa energía para decirme que tengo que seguir adelante por su hermano”, remarca la mujer. 

Pero la lucha es diaria, y nunca ha pasado demasiado tiempo sin que se le venga a la memoria la imagen de su pequeña hija, su sonrisa. No puede dormir una noche completa sin medicamentos, los que toma desde el triste evento, y en una oportunidad en ese sueño profundo tuvo una experiencia que la marcó.

“He soñado dos veces con la Gaby, y la segunda vez fue demasiado real. Estábamos frente a frente, nos miramos y yo le quería hacer muchas preguntas,saber si estaba bien donde estaba, pero no podía hablar bien, no me salía la voz, y ella tampoco me podía responder todo. Después de eso, me quedó la sensación de que ella no entendía bien lo que había pasado, que no se quería ir, porque no merecía partir así”, confiesa. 

Las fechas especiales

Ni la Navidad ni el Año Nuevo fueron lo mismo sin Gabriela. Ninguna de las fiestas lo ha sido desde que se fue, ni su propio cumpleaños, en los que Loreto prefiere aislarse, estar sola. Pero no puede hacerlo del todo ya que sabe que hay personas que quieren y quisieron a su hija y que la quieren ver bien a ella. Por eso, no deja de ir a verla al cementerio, y recibir a quienes la quieren saludar. 

Se ha llevado gratas sorpresas, pequeñas alegrías que la alientan. Tanto para su cumpleaños como para el aniversario de su fallecimiento, encontró su tumba llena de flores, decorada de manera maravillosa. Claro, sus amigos y compañeros de colegio no se han olvidado de la Gaby y le rinden homenaje cada vez que pueden.

“Nosotros vamos todos los domingos a verla, pero para su cumpleaños y ahora, para su aniversario ha sido especial, todo decorado y lleno de colores y flores. El día en que debía haber cumplido 14, había mucha gente, su profesor jefe y le cantaron el cumpleaños feliz. Fue súper lindo y emocionante”, cuenta la madre quien en ese momento se quiebra. 

“Una pesadilla"

Afuera los dos perros, Pity y Monse, que Gabriela recogió de la calle comienzan a ladrar y el pequeño Martín sale a verlos. Hay un momento de silencio, y Loreto lo rompe con una frase decidora. “La pesadilla no puede terminar si no termina pronto este proceso legal, sino hay responsabilidades”, sostiene. 

Y es que tras la tragedia estaba desorientada, pero en el mes de marzo se acercó a ella el abogado Kenneth Romero, quien le propuso asesorarla y representarla para “buscar justicia” por la muerte de pequeña. “Aquí mi hija no cometió ninguna imprudencia, ella estaba en la calzada y este conductor no sé qué venía haciendo, o pensando, porque se desvió y pasó por la vereda. Ella alcanzó a cruzar, pero igual la atropelló”, indica. 

Sabe que nada le va a devolver a su hija, “pero la justicia será un alivio para mí, y para mi familia”, asegura. Por ello, presentaron una querella criminal y una civil. “El problema es que el tema ha tardado mucho, y siento que mientras más se alarga, más se alarga también el sufrimiento”, relata la mujer, con lágrimas en los ojos, mientras mira al pequeño Martín, que vuelve a entrar a la casa, corriendo sonriente. “Por él, por él tengo que luchar”, afirma Loreto Díaz. 

 

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